Después revisar infinidad de veces la lista de cosas que me tenía que llevarme, por fin salí dirección al aeropuerto, no me lo podía creer… ¡ya ha pasado otro año, puf!
A las 3:30 AM suena sutilmente el despertador. 26 de Diciembre, este cumpleaños será diferente, lo presiento. Tengo el tiempo justo para darme una ducha que me ayude a abrir los ojos y afeitarme. A las 4:30 AM ya estaba en el aeropuerto con un cargamento de maletas y cajas listas para facturar. Con el volumen de los bultos que tenía que facturar pensaba que tendría algún problema, pero no ha sido así. A las 6:15 salió mi primer avión vía Ámsterdam y empezaba a luchar contra el crono, etapa 0. La conexión que tenía para el segundo vuelo era muy justa, 45 minutos. Una carrera por la terminal y un control de pasaportes me separaban de mi segundo destino. Increíblemente me sobraron 10 minutos. ¡Esto empezaba bien! Por delante unas cuantas horas más de vuelo, concretamente catorce, pero sin escalas.
Me senté en el asiento de la ventana, desde el que podía divisar las majestuosas vistas de nuestro planeta desde la altura. No me dejarán nunca de sorprender. Las primeras horas de vuelo nos encontrábamos inmersos en unas nubes de algodón, la almohada y la mantita del avión nos invitan a dormir.


Después de la placentera cabezadita matinal en la nublada Europa, me despierto con un radiante sol que invade la mayor parte de la Península Ibérica y pienso, ¡qué suerte tengo de vivir donde vivo! Pasamos el estrecho de Gibraltar y nos adentramos en el continente africano. A lo lejos diviso el Atlas, con sus picos nevados, que se extiende de derecha a izquierda sin poder definir su principio ni su final. Bajamos paralelos a la costa donde podemos ver esas paradisiacas playas vírgenes que nos invitan a perdernos durante un largo periodo de tiempo. Antes de adentrarnos en el Océano Atlántico tenemos tiempo para la nostalgia. El Lago Rosa esta nuestros pies. El símbolo de la historia del Dakar. Me recorre un cosquilleo desde los pies hasta la cabeza al recordar mi primera participación en el París–Dakar de 2001. Fue una carrear fascínate, mi primera participación y mi primera finalización. Qué bonitos recuerdos.
Dejamos la costa africana para divisar una pequeña parte de la inmensidad del océano. Este ha sido nuestro compañero de viaje durante muchas horas. Tiempo que he aprovechado para charlar con compañeros de aventuras de otros equipos, escuchar música que tenía pendiente y empezar un nuevo libro. De esta manera el paso de las horas se ha hecho un poco más ameno.
Sin darnos cuenta estamos en el continente americano, ya se ve a lo lejos. En las pantallas de avión aparece el mapa del trayecto que nos queda por recorrer. Nos ubican las diferentes ciudades que sobrevolaremos y empiezo a abrir el baúl de los recuerdos. Lugares que sólo me traen que buenos recuerdos. Visualizo las diferentes ciudades por las que he pasado y por las que pasaré en esta nueva edición del Dakar.
Que afortunado soy por poder formar parte de esta aventura que sólo acaba de empezar.